martes, 6 de noviembre de 2018

Alea iacta est


Apareciste
Y pasó.
Se rompió.

No fue lo único que se rompió.

El tiempo volvió allí,
Sin edad, sin normas, sin límites.
Volvías a estar ahí.

No fue lo único que estaba ahí.

Tus palabras salían de tu boca,
Y llegaban a mi,
A veces con puñal.
A veces de la mano.

Pero siempre a medias.
Siempre de forma confusa.
Casi ardiente y fugaz.
Quemaba y brillaba.
Confundía.

Decías que nunca querías esto,
Y te dije que siempre tenias la opción.
Tú siempre elegiste antes de entrar.

Ciega, sorda y muda.
Pero nunca tonta, nunca a salvo.
Ya elegiste antes de entrar.

Cogiste la caja de pañuelos.
Ardiente y fugaz.
Quemaba y gustaba,
No sabías nunca por donde tirar.
Nunca lo supimos.
Pero me volví a ir.
Y tú te fuiste conmigo.

Fugaz.
Rápida.

Derrumbaste en un segundo la torre,
Y te olvidaste del castillo.

Parece que nunca quisiste.

Y si no fui yo quien lo hice.
Dime.
Cómo podría.

Angustioso y lento.
Casi desesperante y frustrante.
Otra vez.

Quien te abrió la puerta y las ventanas.
Confusa y fugaz.

Salimos por la puerta, para no volver a abrirla.
Cerramos la ventana para dejar de compartir el cielo.

Aquel día nos rompimos lo roto.
Olvidé ir con el pie echado.

Y volví a abrazarme.
Me dije:

Yo nunca te elegiría a medias.
Y en mi alma creció una flor.
Estás brotando.
Haz que merezca la pena.
No te olvides de ti nunca.


...
Y aún así, te susurraba,
Por favor, nunca me olvides.